El 6 de julio, al llegar al aeropuerto de Palma de Mallorca con mi pareja y mi hija para comenzar nuestras vacaciones, nos dirigimos al punto de recogida del coche que habíamos alquilado con Vima.
Tras esperar un buen rato, nos atendió una empleada con una actitud muy poco profesional. Desde el primer momento fue grosera y distante, sin un simple saludo o una mínima muestra de amabilidad. Cuando llegó el momento de retirar el vehículo, me informó de que era imprescindible presentar la tarjeta física con la que se había realizado la reserva. En ese momento me di cuenta de que, por un descuido mío, había olvidado la tarjeta en casa, en Madrid. Le expliqué que sí disponía de la misma tarjeta en Apple Pay y que podía identificarme sin ningún problema, pero ni siquiera intentó valorar alguna alternativa. Su única respuesta fue repetir de forma tajante que “no era posible”.
Entiendo perfectamente que las normas de la empresa exijan la tarjeta física y asumo mi responsabilidad por no haber revisado las condiciones con suficiente atención. No cuestiono esa política.
Lo que sí considero inaceptable es la forma en la que fuimos tratados. Al solicitar la cancelación de la reserva, la empleada simplemente respondió que no podía hacer nada y que no existía posibilidad de devolución, sin mostrar el más mínimo interés en orientarnos, ofrecer alguna alternativa o, al menos, tratarnos con educación y empatía.
Finalmente, tuvimos que abandonar el mostrador, perder el importe de la reserva y desplazarnos en autobús con todo el equipaje, comenzando nuestras vacaciones con una experiencia muy desagradable.
Las normas de una empresa pueden ser estrictas y deben respetarse, pero la educación, el respeto y la atención al cliente nunca deberían faltar. Un error del cliente no justifica un trato frío, grosero y carente de empatía. Lamentablemente, esta primera impresión hizo que nuestra experiencia con Vima fuera muy decepcionante.